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DESIERTOS EN LA ALFOMBRA
En la alfombra, que en nuestro reducido tamaño se ha convertido en un laberinto de túneles de fibra, nos toparemos con algún grueso cable repleto de infectas rugosidades.
No es más que uno de los 200.000
pelos que soporta el cuero cabelludo.
Los pelirrojos
tienen unos 170.000 y los rubios aproximadamente unos 180.000.
Si nos acercamos a ese
extraño cable veremos que las rugosidades son elementos adheridos a la grasa
que se han ido acumulando allí desde la última vez que se lavó.
El pelo es una ristra de
células muertas que surge por cada uno de los poros que posee el cuero
cabelludo, y la grasa es el lubricante que se genera para que el cabello se
deslice sin que produzca comezón la cabeza.
A medida
que crece el cabello, la grasa se enfría y se convierte en un pegamento
al que se adhiere todo aquello que conforma el polvo, según se expuso más
arriba.
A lo largo de nuestro
periplo por la alfombra encontraremos también obstáculos
rocosos.
Son diminutas partículas de arena que
proceden de los más remotos desiertos del planeta: Gobi (Asia
central, principalmente en Mongolia y norte de China),
Sahara (norte de África),
Mojave (sureste de California, U.S.A.)
y otros.
Esos diminutos granos
tienen una longitud comprendida entre 1 y 30 micras y se acumulan
en los nudos de las alfombras ( es una de las principales causas de su
deterioro).
¿Pero cómo puede llegar
arena del Gobi hasta la alfombra de nuestra sala?.
Por cada persona que
asciende a las alturas desde los desiertos, 25 kilos de granos diminutos
de arena rebotan en una bruma invisible a varios metros por encima de los
desiertos.
Las turbulencias de aire
cálido transportan a lomos del viento esta arena hasta nuestra ciudad y se
deposita con suavidad sobre nuestras ropas de abrigo.
Cuando llegamos a casa, esa
arena se desprende al desnudarnos y no es extraño entonces que una buena parte
de los granos vaya a parar a la alfombra.
Temuco, Chile; actualizada 26 de Septiembre de 2002 |