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MONSTRUOS EN LA COCINA
Nuestro exiguo tamaño en este mundo desconocido nos expone a toda clase de peligros.
Queremos huir hacia el interior de la casa, pero las distancias son tan inconmensurables a nivel bacteriano que tardaríamos años en hacer el recorrido.
Un metro para un microbio equivaldría para nosotros a unos 700 kilómetros.
Aunque la fantasía nos permite aterrizar ahora en la cocina, uno de los lugares preferidos por los habitantes invisibles.
De todas las criaturas con las que tendremos que luchar destaca la salmonella, la bacteria más temida por todos los comensales del mundo.
Se trata de un ser tan diminuto (2 micras, o lo que es lo mismo: dividir 1 centímetro en diez mil partes y multiplicar una de esas partes por dos) que durante muchos años se concibió como una fantasía, hasta que el veterinario doctor Salmon la clasificó y puso nombre.
Naturalmente se trata de
una de las muchas formas de vida microscópicas que pululan por una cocina; pero
sin duda, es la más peligrosa.
Tiene la forma de un pequeño
submarino del que llegan a colgar hasta 15.000 filamentos retorcidos y se
encuentra por todo el mundo, aunque la cocina esté impecablemente limpia, ya
que anidan en cualquier lugar húmedo.
Los trapos, las bayetas y
los estropajos son habitáculos perfectos para su reproducción.
Tampoco hacen ascos a otras
superficies menos acogedoras, como los pomos de las puertas o las asas de la
nevera, que tan a menudo tocamos con las manos húmedas.
Y, aunque los
desinfectantes del hogar provocan una enorme mortandad entre las salmonellas,
resulta casi imposible impedir la presencia de esos seres microscópicos.
Sin humedad morirían de
sed en una semana, cosa virtualmente imposible en una cocina.
Cualquier rincón que
toquemos con nuestros dedos nos impregnará con una colonia de varios centenares
de esos minúsculos indigentes.
Si nosotros tuviéramos el
tamaño de la salmonella y nos pegáramos a un dedo humano, lo
encontraríamos cuando menos chocante.
Nada de lo que nos es
conocido se parece a la piel humana.
Un dedo es un terreno
agreste y cenagoso, como un pantano en una zona de lomas, en la que las células
cutáneas forman colinas que terminan en repentinas cavernas.
Encontraríamos charcas de
limo y grasa sobre esa rugosa superficie, resultado de la transpiración y de
los demás fluidos de la piel.
Este lugar, debido a su
contenido alimenticio en minerales y aminoácidos, es ideal para que la salmonella
complete su ciclo de reproducción cada treinta segundos.
Temuco, Chile; actualizada 26 de Septiembre de 2002 |