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SERES
IMPERCEPTIBLES
Estarán ustedes de acuerdo conmigo en que
nuestra experiencia sensorial es muy limitada. Nuestros sentidos, aunque maravillosos,
dejan escapar todo un universo de formas, colores y sonidos. ¿Qué verían nuestros ojos si fuesen
facetados como los de la mosca o nictálopes como los del gato (La
vista del gato está excepcionalmente adaptada a la caza, especialmente de
noche. Tiene una excelente visión nocturna, visión periférica muy amplia y
una visión binocular que le permite calcular distancias con exactitud),
o que escucharían nuestros oídos si poseyéramos el delicado sonar del delfín?.
Ilusiones sin duda, pero gracias a instrumentos creados por el hombre nos podemos acercar a esa fascinante región de lo invisible y a sus habitantes. Háganse
ustedes conmigo seres microscópicos... Desde este momento el mundo
que nos rodea, el hogar acogedor y satisfactorio de nuestra vida cotidiana, se
ha transformado radicalmente. El césped del jardín es
como una intrincada selva amazónica y el pelo de la alfombra de nuestra sala se
ha convertido en un fantasmagórico bosque en el que habitan seres innombrables. Imagínense: se ha calculado que en una hectárea de buen prado pueden pacer (comer el ganado la hierba en el campo, roer, gastar), 400 kilogramos de ovejas, pero bajo sus pezuñas habitan seres vivos, minúsculos e invisibles, que reunidos alcanzarían los 1.600 kilos, sin contar insectos, como pulgones, hormigas o escarabajos, ni lombrices. En un pequeño jardín
casero podríamos reunir hasta cinco kilos de seres imperceptibles. Nuestro paseo por los
poros del terruño serviría para escribir la más fantástica de las novelas
galácticas. Sería como un recorrido
por los fondos marinos, donde la gran variedad piscícola permite que el pez
grande se coma al pequeño. Las diminutas bacterias del
jardín sirven de alimento a los protozoos y éstos a su vez a los nematodos,
unos repugnantes cilindros vivos, pero ciegos, de los que cuelgan seis grandes
labios. Naturalmente, esta
cadena alimenticia no para ahí. Entre la inmensa masa de
seres vivos que allí pululan podemos encontrar estafilococos, de
los que se surten los laboratorios para fabricar penicilina, y otros
tipos de bacterias benéficas como los estreptomicetos, que
proporcionan a la humanidad la Tetraciclina y la Estreptomicina,
pero que además son los causantes del agradable olor a tierra fresca que nos
llega de los prados verdes. Ningún microbio tan
atractivo, sin embargo, como la mucorácea del légamo, una
forma viva formada por miles de millones de amebas individuales que,
cuando deja de ser productivo el terreno de césped del que se alimentan (a
causa de un simple pisotón, por ejemplo), levantan una curiosa torre viva de
lanzamiento, que se solidifica mediante la segregación de una mucosa y que
supone el sacrificio para casi toda la población, de tal manera que unos pocos
individuos encerrados en cápsulas puedan lanzarse para que se las lleve el aire
hasta algún terreno adecuado para su reproducción. El sacrificio
altruista a mayor gloria de la perpetuación genética.
Temuco, Chile; actualizada 26 de Septiembre de 2002 |